Una de las cualidades que distinguió la primera parte de la vida de Cristo, es que en ésta él eligió ser dueño de casi nada. No leemos por ningún lado del Nuevo Testamento que haya construido una casa, remodelado algún edificio o comprado un terreno. Ninguno de los evangelios se refiere a él como comprador de bien alguno — ya fuera de ropa, de herramientas o, incluso, de alimento. Mientras anduvo por este mundo y fue, en cierto sentido, un ciudadano de éste, él jamás se sintió en casa. Estuvo en el mundo, pero el mundo no estuvo en él; vivió en el mundo siendo parte de él, pero jamás permitió que el mundo viviera en él. Mientras vivió aquí, él fue un forastero en tierra extraña, un peregrino cuyos afectos y vida estuvieron consumidos en otro mundo.